"La ciencia del Yoga no ofrece ninguna nueva religión, ofrece una metodología. A través de ella puedes entenderte mejor en todos tus niveles, incluyendo tu bienestar físico, tus acciones, tu proceso mental, emociones y deseos. Además comprenderás cómo te relacionas con el mundo. Esta ciencia crea un puente entre las condiciones internas y externas de la vida. El yoga es una forma de mejorarte a ti mismo, de entender tus estados internos". - Swami Rama

jueves, 18 de septiembre de 2014

YOGA INTEGRAL - Antonio Blay - part 4

RAJA-YOGA

LA CULTURA DEL NIVEL MENTAL

Hablamos aquí del desarrollo mental en armonía con todo el hombre. Nuestro Yoga Integralaporta, al efecto, una serie de técnicas. Pero no se trata de practicarlas como ejercicios aislados, llenando el día de paréntesis en los que dedicarnos al Yoga. No olvidemos que con el Yoga integral buscamos incorporarnos sobre la marcha del día los efectos del Yoga.
En primer lugar, para integrar todos los niveles psíquicos de la persona hay que centrarlos desde el vértice superior que es la mente. La mente ocupa en el hombre el puesto clave de control de todas las vivencias y centro de autoconciencia o conciencia de sí mismo.

ATENCIÓN INTENCIONAL Y ACTITUD POSITIVA

 yogui en padmasana
Por eso la técnica primera que recomendamos es la de mantener durante el día en todo momento la atención intencional y la actitud positiva, que le es correlativa. Esta debe ser la consigna general para todo el día.

Práctica de la atención intencional

Durante el día todos tenemos que hacer muchas cosas. Precisamente por eso 1a atención intencional es la técnica apropiada y necesaria. Consiste en adoptar la actitud que implica el estar siempre lo más lúcido posible. Es una actitud que hay que ir aprendiendo a practicar poco a poco, sin exasperarse porque cueste conseguirla. Estar lo más lúcidos que sabemos, con plena atención. No quiere decir lo más tensos, sino todo lo contrario, lo más abiertos intelectualmente y lo más presentes ante cada cosa que hacemos. En actitud relajada, pues es imposible abrirse del todo estando tensos.
Para aprender a adoptar esta actitud, conviene cultivarla mientras hacemos cosas y mientras no las hacemos, es decir, en actitud activa y en actitud pasiva. Estar lúcidos y actualizar esta atención cuando estamos a punto de hacer y cuando estamos a punto de recibir, -de escuchar, por ejemplo-, y también en un sentido que no es ni de actuar ni de recibir, sino sólo de estar pasivos, como cuando nos ponemos a descansar o a divagar. Se trata, en una palabra, de vivir del todo despiertos.
Creemos vivir despiertos, pero no lo estamos. Basta recordarnos a nosotros mismos interiormente si hemos pasado por algún peligro gravísimo o algún momento en el que todo nuestro ser se ha puesto de repente en actitud de alerta, tomando conciencia clara de nosotros mismos y a la vez de la situación circundante. La atención vivida en estos momentos nos da una idea aproximada de lo que es atención intencional. Atención que no ha de ser tensa, sino relajada y abierta del todo.

Práctica de la actitud positiva

La atención intencional requiere la actitud positiva. Actitud positiva es, como lo dice la palabra, la actitud afirmativa de uno mismo. No ausente, ni pesimista o negativa en algún aspecto. Actitud consciente de que yo soy. Y ser es siempre algo positivo. Actualizar la conciencia de este hecho es ponerse en actitud positiva. Hay que dejar de lado todas las ideas negativas de nosotros mismos, pues no son nuestra verdad, sino que nacen de la comparación con los otros. Nosotros, en cualquier condición, somos siempre algo positivo. Sólo se puede vivir libre y gozosamente viviendo en actitud positiva. Que es la única que responde a nuestra verdad esencial.

Puntos de referencia de ambas prácticas

El problema de las actitudes que se han de mantener a lo largo de todo el día es que poco a poco se van borrando hasta que llega un momento en que no queda nada de ellas. Por la mañana se toma la decisión de conservar la actitud, pero luego en la práctica se encuentra con que, a medida que pasan las horas, insensiblemente se va diluyendo. Por eso es bueno establecer algunos puntos de referencia.

1. El ejercicio de retrospección

El punto más importante ha de situarse por la noche. Consiste en practicar el ejercicio deretrospección, mirando cómo ha ido su estado de atención general durante el día. Basta recogerse interiormente llevando la atención a todo lo que uno ha hecho durante el día, sin enjuiciarlo críticamente, ni convertirlo en un examen de conciencia. Simplemente ir deslizando la mirada por cada una de las cosas que ha ido haciendo, empezando por la más reciente hasta llegar a las de la mañana,, no al revés. Cierto que al principio cuesta algo más, pero en poco tiempo se supera esta dificultad. La duración máxima puede ser de un cuarto de hora a veinte minutos, y lentamente se abrevia este tiempo, llegando incluso a completar el ejercicio en cinco minutos.

Esta práctica tiene su dificultad, pero es excelente, no sólo porque nos permite controlar el grado de atención mantenida durante el día, sino porque es en sí mismo un ejercicio perfecto de concentración mental. Por eso, ya que estamos tratando de técnicas de trabajo mental, aprovecho la ocasión para aconsejar que se utilice también el ejercicio de retrospección con este fin. Para ello no es necesario hacer nada especial. Basta practicarlo y se obtiene el desarrollo de la capacidad de atención. Pues repito que este ejercicio de retrospección, además de servir para poder medir y evaluar la atención mantenida durante todo el día, es en sí mismo un ejercicio excelente de control de la mente.
Además tiene una gran ventaja sobre otras prácticas: la persona va aprendiendo a conectar de un modo cada vez más directo e inmediato su conciencia mental con la motivación de su conducta en cada momento del día. Durante el día tenemos generalmente mucha prisa o estamos identificados con las situaciones por las que vamos pasando y no nos damos cuenta de por qué nos movemos, qué motivos profundos y reales nos empujan a hacer cada cosa. Muchas veces creemos que obramos por tal razón y no es así, pues aunque aparentemente nos hayamos dado a nosotros mismos tales o cuáles razones, en el fondo somos impulsados a obrar por otras motivaciones mucho más hondas de las que no nos hemos llegado a hacer conscientes.

Esto es realmente el verdadero conocimiento de sí mismo. Y la única forma cierta, segura de poder descubrir lo que somos es ir aprendiendo a abrir la mente más, de modo que, junto a cada situación, nuestra mente capte lo que nos empuja, por detrás de las razones que nos damos, es decir, la fuerza inmediata que nos mueve y de la que depende el que en cada momento hagamos una cosa u otra diferente. Ahora bien, el único medio que puede permitimos percibir esto es la atención sostenida durante todo el día, y la visión en perspectiva por la noche en el ejercicio de retrospección.
Durante el día no tenemos tiempo de valorar ni juzgar por qué una situación va seguida de la otra. Pero luego por la noche en el ejercicio de retrospección, dedicado exclusivamente a la revisión de lo que uno ha percibido de sí mismo, quedan más claras las cosas que hemos captado en esos momentos de atención durante el día.

Al mismo tiempo que la mente va mirando cada uno de los actos, no sólo se fija en la parte externa, material del acto, sino que ve también, y puede mirarla con más atención, su parte interior. Esta parte interior sólo la percibe si durante el día ha estado despierto. El hecho de prestar atención al acto durante el día hace que quede registrado en nuestra mente consciente y que pueda ser evocado por la noche, lo que permite que tomemos más conciencia de su motivación profunda. Descubriremos poco a poco el miedo que realmente tenemos, hacia dónde se proyectan nuestros deseos, nuestras ambiciones, nuestras aspiraciones. Estas cosas que tanto nos cuesta aclarar cuando pensamos en ellas, al ir practicando el ejercicio de retrospección de un modo sistemático, se van viendo con toda transparencia.

RECAPITULANDO: prácticas fundamentales:
Atención lo más atenta, lo más abierta, lo más lúcida posible durante el día, en actitud positiva, y ejercicio de retrospección por la noche.

2. Ejercicios de autoconciencia

Otros puntos de referencia que no ocupan tiempo y ayudan mucho a mantener las actitudes fundamentales pueden esparcirse a lo largo del día. Consisten en que, antes de empezar cada nueva actividad, cuando uno se pone a trabajar, o a comer, en fin, a hacer algo nuevo, se aísle por un instante y tome una clara conciencia de sí mismo. Pensar: Bueno, yo ahora voy a hacer esto, y al decir yo, no quedarse con la idea global y teórica de yo, sino evocar el sentimiento claro de nuestro yo, centrarnos por un instante, sentirnos vivir a nosotros mismos del todo y entonces ya se puede uno poner a obrar.
Estos momentos de vuelta a sí mismo, de centramiento, de despertar, de integración, en una palabra, conviene tenerlos de vez en cuando. Lo mejor es aprovechar el instante en que uno va a hacer algo distinto de lo anterior. También se podrían utilizar horas fijas, pero creo que en la práctica resulta mejor regirse por los momentos en que se cambia de actividad, ya que puede ser que, por ejemplo, a las doce uno esté trabajando y cueste más cortar el trabajo.
Las dos prácticas explicadas hasta aquí no exigen apenas tiempo, porque una se hace conjuntamente durante todo el día y la otra en el momento de dormir, cuando no haríamos nada, y hasta ayuda a dormirse antes.

UNOS MINUTOS DE TRABAJO MENTAL

Aconsejo también a todo el mundo hacer por la mañana unos instantes de trabajo mental. Este trabajo mental lo limitaría a realizar una toma de conciencia clara de sí mismo y a introducir en la mente algún condicionamiento positivo de uno mismo, utilizando por un momento la autosugestión. Después veremos cómo combinamos estos ejercicios con la práctica de la oración, que hemos recomendado al hablar de la vida afectiva.

1. La toma de conciencia de sí mismo

Es el mismo acto de autoconciencia que acabamos de explicar, referido al momento de despertarnos. Lo primero que conviene hacer cuando uno se llega a dar cuenta de las cosas es un acto deliberado por el que nos sintamos a nosotros mismos. Soy yo. No saltar en seguida de la cama pensando ya en si hemos de hacer esto o lo otro. Primero centrarse en sí mismo. Yo. Tomar conciencia clara y poderosa de nuestro yo, de nuestra personalidad. Es muy importante, porque esta conciencia, mantenida luego durante el día por la atención intencional bien lúcida de que antes hemos hablado -y que no sólo abarca a las cosas y a lo que hacemos en cada momento, sino ante todo es atención a nosotros mismos, a nuestro yo-, es el eje que sirve de engarce y de integración de todas nuestras vivencias, el eje de integración de la personalidad.
Para practicar esta toma de conciencia bastan uno o dos segundos.

2. El condicionamiento

Se trata de buscar la cualidad positiva más importante que uno quiera incorporarse, y por la mañana, en unos instantes de calma, después de hacer gimnasia y respiración, cuando uno queda ya tranquilo, sereno, durante cinco o diez minutos, que pueden ser los mismos en que se practica la relajación, primero se medita un momento sobre la cualidad, centrando la mente en ella, contemplando la cualidad, evocando la vivencia de la cualidad y mirándola de un modo fijo siempre con la mente. Después se afirma esta cualidad dentro de uno mismo. Si la cualidad que se mira es por ejemplo la serenidad, evocar la serenidad y procurar mantener esta noción de serenidad, tratando de sentir esta serenidad que uno puede evocar. Se trata de evocar la idea y la experiencia de serenidad, que uno tiene del pasado. Y a continuación evocar Yo estaré cada vez más sereno o más tranquilo, o más equilibrado, la palabra precisa que para cada persona sea más clara y representativa.

EL SILENCIO MENTAL

 yogui en meditación
Como práctica mental es muy interesante buscar cada día el momento más propicio para tener un minuto o dos de silencio mental. No es preciso más tiempo. En realidad, de silencio mental apenas conseguirán unos poquísimos segundos. Pero incluido el esfuerzo para lograr este- silencio mental -no como entrada para hacer otra cosa, sino sólo como silencio-, entre tentativas, momentos de éxito y descanso final, no hay que pasar del par de minutos. El silencio mental es una puerta que franquea la entrada a un palacio grandioso. Pero hay que abrirla muy despacio, con suma prudencia. Por eso conviene advertir que el silencio mental sólo es útil para las personas de predominio mental o que por lo menos han conseguido un grado muy notable de integración mental de su personalidad. Cuando una persona tiene tendencia a la disociación mental, lo que se nota porque su pensamiento no es sólido, sino difuminado, como si esbozase tan sólo sus ideas, sin que consigan apenas seguir un curso bien trabado, porque se ve con facilidad desbordado por las emociones y la afectividad, y cuando su mente no tiene un dominio suficiente sobre los impulsos inferiores, como el sueño y los instintos biológicos, es decir, si no ha logrado que su mente sea la que controle de un modo estable, permanente y relativamente fácil toda su personalidad, es peligroso cultivar el silencio mental en dosis más prolongadas, aunque no lo será si se mantiene esa dosis máxima de dos minutos.
Para practicar el silencio mental se empieza por hacer unas cuantas respiraciones profundas, pero lentas, suaves, y siguiéndolas con toda atención. Inmediatamente empieza a tranquilizarse la mente. Entonces, cuando uno ya está con cierto grado de serenidad, se dirige la mirada a un punto externo, que puede ser cualquier objeto ya preparado al efecto, como una cerilla, un lápiz, una flor, etc. O si se está en el campo, un árbol un poco lejano o la cima de una montaña. Así se centra la mente y se empieza a experimentar una incipiente sensación de silencio interior. Con la práctica esta sensación se va ampliando y pasando por fases más avanzadas que explicamos detalladamente en otro librito de esta colección dedicado al Raja-Yoga. Pero para los fines que nos proponemos aquí basta hacer el ejercicio del modo descrito.

ALGUNAS DIFICULTADES

1. ¿Cómo conseguir la atención central?

A veces se plantea la dificultad práctica de cómo conseguir el cultivo de la atención intencional, esa actitud de permanecer lúcidos .y despiertos y a la vez seguir centrados en las cosas que hacemos. ¿Cómo puede ser compatible en la práctica la atención central o intencional con la concentración exclusiva sobre algo? Pues nadie puede estar constantemente abierto a todo, ya que nuestra actividad mental es de tal naturaleza que exige que si en un momento dado hacemos algo, veamos lo que hacemos y que es el objeto externo de esa acción con más claridad y mayor nitidez que el resto de las cosas. Por lo tanto, si hemos de centramos sobre una cosa, no queda otro remedio que excluir o dejar en segundo plano las demás. No es posible mantenerse abierto a todo a la vez.
Ahora bien, lo que aquí se pide es otra cosa distinta que sí podemos hacer: se trata de aprender a estar centrados sobre un objeto concreto, el objeto de nuestra actividad -contemplar un cuadro, escribir, estudiar un asunto, lo que sea-, quedando en actitud de concentración exclusiva sobre él, es decir, metidos en el objeto, y conservar al mismo tiempo un estado central de alerta, una conciencia de lucidez interior. Que uno se concentre en el objeto, pero que por dentro se mantenga abierto a sí mismo.

Esto cuesta sin duda conseguirlo, porque estamos acostumbrados a actuar con nuestra atención de un modo unilateral, cuando miramos hacia dentro nos cerramos a lo de fuera y si atendemos a lo de fuera nos cerramos a nosotros mismos. Mantener una actitud abierta hacia el interior mientras se está concentrado no se puede conseguir sin cultivar antes por separado y en ratos aparte la atención central. Cuanto más se practica el estado de relajación, de centramiento en sí mismo, de aislamiento por las mañanas y en los momentos del día, más fácil se va haciendo después este estado de lucidez interior, de presencia abierta de sí mismo, incluso en los momentos en que uno está concentrado sobre algo.

Al principio resulta imposible conseguir este estado, porque la falta de entrenamiento y de experiencia nos hace creer que si la mente está mirando hacia afuera no puede mirar a la vez hacia dentro. Y cuando uno intenta hacerlo todo, resulta que no hace bien ninguna de las dos cosas. Pero con la práctica, llevándola a cabo del modo que hemos explicado, se consigue este tipo de atención simultánea. A medida que uno va ejercitándose se da cuenta de que no es un problema de acertar con la dirección hacia la que hay que enfocar la mente, sino de ir ampliando el campo de enfoque de la mente. No se trata de dirigir la mente hacia adelante o hacia atrás, sino de aprender a abrirla más, de modo que incluya dentro de su foco las cosas exteriores y las resonancias interiores.
Cultivando esta actitud se produce un estado de despertar, de lucidez interior situado en un plano más profundo, que por eso mismo persiste incluso cuando la persona está concentrada u ocupada en algo externo.

Superada la primera etapa, de lograr que la atención incluya a la vez la conciencia de mí mismo y la conciencia de las cosas, al cabo de algún tiempo, cuando esta conciencia de mí mismo empieza a tener una mayor solidez y a convertirse en experiencia, no sólo en intención de tenerla, llegándose a obtener resultados comprobados, cambia y se transforma el modo de hacer las cosas. Se ve, por ejemplo, que se puede aprender a hablar y conservar mientras tanto una conciencia clara de sí mismo, estando centrado en lo que se dice, buscando y seleccionando las ideas, palabras y cosas que convienen mejor al objetivo propuesto y teniendo en cuenta todos los factores, sin que esto impida conservar la conciencia de sí mismo.

Quiero aclarar sin embargo que, sobre todo las personas que tienen cierta propensión natural o adquirida a vivir dentro de sí mismas, es decir, las personas introvertidas, tienen que evitar a todo trance que este ejercicio de tomar conciencia de sí mismas y vivirse a sí mismas se convierta en un puro ejercicio de introspección morbosa, por el que estén siempre pendientes de sí mismas. No se trata de nada de esto, sino de vivirse uno a sí mismo y a la vez mantener el contacto abierto a lo de fuera. De ningún modo aconsejamos aislarse del mundo, sino precisamente todo lo contrario, abrirse en todas direcciones del modo más consciente.

2. La desidentificación de la mente

No hay que olvidar ni por un momento que la mente es siempre un instrumento, una herramienta de gran valor sin duda, pero siempre sólo un mero instrumento del yo, como lo es el cuerpo o el nivel afectivo. Por lo tanto que siempre somos yo intrínsecamente superiores y más importantes que nuestra mente, que nuestras ideas. Pues que yo no soy mente, sino que la mente es mía: yo soy su poseedor. Si aprendemos a conservar este claro concepto de nosotros mismos frente a nuestra mente, nunca nos dejaremos invadir o avasallar por ningún problema que pueda plantearnos nuestra mente. Yo soy aparte de mi mente. Y al decir «aparte de mi mente» quiero significar aparte de todos los problemas que pueda plantearnos nuestra mente, incluso de los problemas reales y fuertes que puedan existir en cada uno de nosotros, aunque tengamos que afrontarlos y resolverlos y exponer por ellos la vida. Pues incluso esos problemas son aparte de nosotros mismos. Hay algo en nosotros, en nuestro «yo», completamente aparte de todas las demás cosas y que está por encima de todo lo que puede pasar.

Por lo tanto, cuando tengamos que enfrentamos con problemas y situaciones difíciles, no hemos de olvidar este pensamiento: Yo estoy por encima del problema, porque soy más allá del problema. Si se ve esto con claridad se podrá manejar el conflicto con muchísima mayor soltura. Un problema ofrece cierto carácter agobiante cuando la persona se encuentra situada dentro o por debajo de él. Pero cuando puede adoptar la actitud de sentirse por encima del problema -actitud que consiste tan sólo en un gesto interior- cuando se consigue hacer este gesto, se experimenta que todos los problemas, por graves y urgentes que sean, los puede uno manejar siempre con objetividad y soltura.

VIVIR EN LA ACTITUD DEL YOGA EN OCCIDENTE

Yo, personalmente, no me complicaría más la vida con prácticas y ejercicios, porque el hecho de cultivar la atención diariamente convierte en ejercicio cada cosa que hacemos, cada momento de la vida. No hay por tanto necesidad de andar buscando más ejercicios especiales. Al fin y al cabo toda práctica especial que introducimos en nuestra vida es un artificio, algo que separamos del ritmo natural de la vida. Y más vale aprender a vivir bien la vida en su cauce natural, vivirla cada vez mejor, que hacer apartados y fabricarnos un mundo artificial para nosotros. Por eso soy partidario del mejorar sobre la marcha.

Claro que hay cosas que conviene practicarlas aparte, porque es difícil que aprendamos a hacerlo dentro del ritmo del vivir diario, como el silencio, la toma de conciencia de sí mismos y la oración. Sobre todo al principio es indispensable que hagamos aparte estas prácticas, en un paréntesis, en un hueco en nuestra vida movida y agitada del día. Pero en lo posible procuremos aprender a convertir en ejercicio cualquier instante. Cuando estamos con una persona, mientras la oímos, aprendamos a escuchar, a abrirnos a esa persona, y, cuando hablemos con ella, aprendamos a poner el alma en nuestras palabras, a estar presentes por entero en aquello; si descansamos, aprendamos a relajarnos del todo, permaneciendo bien lúcidos y gozando del placer de descansar; si meditamos en un problema cualquiera que nos presenta la vida, procuremos pensar en dicho problema pero de un modo claro, definido, concreto; y si queremos soñar, de acuerdo, pero entreguémonos a soñar con plena deliberación, sabiendo que soñamos y disfrutando deliberadamente del mundo fantástico que vaya forjando nuestra imaginación. O sea, vivir siempre esta plena presencia de nosotros mismos, de nuestra conciencia superior, de nuestro control mental en cada cosa que hagamos. Que no nos sintamos únicamente empujados por la inercia de nuestros mecanismos. Que seamos nosotros, en todo caso, el centro, el eje, el propietario o por lo menos, administrador de lo que nos ocurre.
Hemos de aprender a convertirnos en dueños de nuestros mecanismos, sin ceder por ningún concepto este sitio.

Actitud mental en la conversación

Cuando hablamos con alguien, además de aprender a proyectar energía, a escuchar, hemos de adoptar una actitud inteligente, de lucidez mental. Ver realmente lo que la persona quiere decir, no sólo oír sus palabras, o captar el sentido de lo que nos dice, sino de lo que la persona está intentando expresar, intuir lo que siente por dentro, sin quedarnos en un, nivel puramente racional, superficial, y menos en un nivel verbal o, auditivo. Aprender a escuchar a la persona, no sólo las palabras que dice. Este modo de hablar con los demás nos enseñará mucho acerca de la gente.
Cuando una persona nos comunique ideas, no sólo palabras de cumplimiento, aprender a mirar el núcleo de las ideas, el centro, lo que es esencial en las ideas -sin dejarnos llevar por las resonancias que siempre surgen en nosotros, de tipo afectivo, que indefectiblemente van a parar a evocaciones de la imagen ideal y heroica que nuestra fantasía se forja del yo-. Si hablamos de un asunto de tipo intelectual, resolvámoslo desde el punto de vista intelectual. Si nuestro interlocutor, por su estado, condición o circunstancias, requiere ser tratado también desde un punto de vista afectivo y humano, bien que gastemos una broma, que aprovechemos la situación para decir algún chiste, pero sin que esto nos desorbite ni por un momento del eje del problema, del núcleo de las ideas de que se está hablando. Aprendamos a manejar las ideas con elegancia, no con rigidez. Podemos salirnos un momento del camino, pero a condición de no perder nunca de vista el camino.

Apertura constante a todas nuestras fuentes de información

No olvidemos que en el aspecto mental las verdades más importantes tanto de nuestra vida, como de la vida en general son verdades que nos vienen de fuera, no son verdades nuestras, en el sentido posesivo de ser sus propietarios. Todas las verdades más importantes son verdades que descubrimos, y por ser de orden universal, no son de nuestra propiedad particular. Pues toda verdad que es evidente tiene siempre carácter universal y por tanto impersonal. No nos apropiemos de lo que no nos corresponde. Pero eso si, aprendamos a estar abiertos, a una fuente que está situada más arriba de nuestra mente personal, de la cual precisamente pueden surgir las ideas de verdad superiores, las más importantes, tanto de tipo universal, sobre valores de la vida -el por qué y cómo de las cosas, lo que está bien y lo que no está bien- cómo incluso sobre intuiciones que se refieren a nuestra actuación personal en las diversas circunstancias de nuestra vida. No nos cerremos en nuestro círculo lógico concreto. Mantengámonos siempre abiertos a escuchar, a aprender. Podemos aprender de arriba, de nuestros niveles espirituales, de la fuente de la intuición; podemos aprender de fuera, de la experiencia de los demás, de lo que los demás nos pueden comunicar o participar; y también de dentro, de todo el material de experiencias que hay en nuestro subconsciente.
Hemos de estar abiertos. No decidamos nunca en las cosas importantes sin haber escuchado antes en todas direcciones desde nuestro interior. Cuando tengamos que tomar alguna decisión importante, tiene que haber un auténtico consejo de administración, una reunión y votación general de todas las fuentes de información de que disponemos dentro y fuera. Lo que decidamos de este modo será más correcto, más auténtico y verdadero.

La mente, centro permanente de equilibrio y control

De todas formas, en ningún momento hemos de ceder el sitio a nada que se oponga a la razón. Pues, aunque nuestra razón es imperfecta y limitada, no obstante, de momento constituye nuestra póliza de seguro, lo único que nos ofrece una garantía de equilibrio para poder controlar todas las situaciones que se nos presenten. No podemos dejarnos llevar por un puro intencionalismo, o sensualismo, o por otras tendencias cualesquiera, so pretexto de seguir las voces interiores o exteriores que nos surgen, si se oponen al juicio razonable de nuestra mente.

He aquí la receta: Aprender a escuchar todo, a estar abiertos a todo, pero haciéndolo pasar todo por el tamiz de nuestra razón, de nuestro sentido común, de nuestro discernimiento personal. Aunque las cosas parezcan muy buenas, si interiormente no las vemos claras o no las vemos buenas, no hemos de hacerlas. Pues por más que el instrumento de la razón sea limitado, más vale caminar con esas limitaciones pero con los pies en tierra, que haciendo cosas muy buenas sobre los pies de otros. Si hemos de crecer, ha de ser apoyándonos en nosotros mismos, sobre la propia experiencia, aunque esta experiencia sea de tentativas y fallos, a veces incluso de tropiezos y caídas. Pero estos pasos dados por nosotros mismos nos harán desarrollar. Lo que nos digan los otros, aunque venga de inspiraciones de arriba, no nos hará crecer nunca.

Así pues, como principio prudencial de toda experiencia y trabajo interior hay que tener bien presente que hemos de mantener siempre nuestra conciencia mental muy bien equilibrada en el centro de la mente. Y en este centro de nuestra mente es donde se ha de recibir todo: lo de arriba -niveles superiores de la personalidad-, lo de abajo -datos del inconsciente-, lo de dentro y lo de fuera, donde se ha de equilibrar y valorar todo, donde ha de adquirir su forma concreta nuestra conducta y de donde ha de partir nuestra decisión. Quizás llegará un día en que estaremos en disposición de vivir centrados habitualmente en el nivel intuitivo, pero de momento no lo estamos. Por lo tanto no podemos pretender vivir habitualmente de un modo intuitivo, y lo único que nos asegura que lo intuitivo no nos arrastrará por caminos irracionales es que todo pase por el tamiz de nuestra razón. Una razón amplia, capaz de percibir todo, libre de prejuicios, abierta a todo lo nuevo, único modo de ser capaz de un vivir creador, no cerrada en las viejas rutinas, sede del sentido común, manteniendo nuestra conciencia personal muy clara. Lo que la razón no vea claro, lo que interiormente no vea con evidencia, no hacerlo, aunque voces interiores o consejos exteriores me digan que es muy bueno y que puede darme grandes resultados.

Quiero terminar este punto respondiendo a una objeción que se me ha hecho con frecuencia.
Aparentemente parece que hay alguna contradicción entre el hecho de que hay que apoyarse y centrarse desde el nivel mental, racional siempre que se trate de valorar las intuiciones, todo lo que nos venga del inconsciente, y los datos, consejos, orientaciones que provengan del exterior; y por otro lado la afirmación de que hemos de trascender todo lo que es razón para llegar a la realización del yo o a la realización de Dios en mí, o de todo lo que tiene un carácter trascendente, impersonal o genuinamente espiritual.

Pero no hay contradicción real, porque cuando se trata de conseguir la realización del estado espiritual -sea el yo, sea Dios, sea la intuición o cualquiera de las realidades que están más allá del nivel mental concreto-, por fuerza hay que trascender este nivel mental correcto donde reside nuestro razonamiento, para poder llegar al nivel de las realidades superiores. Y, naturalmente, antes es preciso que neutralicemos nuestra adhesión exclusiva a nuestra razón. Pero esto es sólo un medio accidental, como para abrirse un paso, establecer un puente e ir más allá; es una técnica de ida, pero no de estado, de permanencia, sino de trabajo. Una vez se ha conseguido dar el salto, entonces la mente puede funcionar y aprender a permanecer integrada con esta realidad superior.

Ahora bien, cuando digo que en la vida concreta hemos de aprender a tamizarlo todo con nuestra razón, es porque en la vida el único instrumento adecuado para adaptar lo interno a lo externo es nuestra razón, pues su papel es precisamente el de servir de adecuación entre lo externo que se asimila y lo interno que tiende a expresarse y se ha de acomodar al exterior. Percibir, registrar, coordinar y elaborar respuestas inteligentes y concretas es función específica de nuestra mente concreta, y por lo tanto, como todavía estamos actualmente centrados en este nivel concreto, no podemos prescindir de él, y menos para vivir la vida concreta, que debe estar regido por el sentido común. Si bien por un lado hay que trascender la razón, pues la adhesión que tenemos a la razón es un obstáculo para ascender a niveles más altos, no obstante, en el momento de vivir, la razón es un elemento insustituible.

Hay dos niveles de vida: uno que vive por encima de la razón, por el que vemos las cosas de un modo directo, inmediato, por el que percibimos, intuimos, sentimos de algún modo luminoso, y otro, el concreto. Y nuestra mente es la que hace la traducción de las cosas que percibimos, vivimos o somos en el mundo intuitivo a este otro mundo concreto, mediante un lenguaje más o menos inteligente y a través de unas acciones más o menos sensatas.

UN DÍA DE ACTIVIDAD VIVIDO EN YOGA

Todo cuanto he venido diciendo no son más que sugerencias que cada uno puede aplicar a su vida según le convenga, sin que tomen nunca el carácter de prescripciones que puedan atar de cualquier modo. Sería destruir el espíritu del Yoga. Pues el Yoga no ata nunca; busca siempre la libertad del espíritu, liberar al yo del agobio de nuestras propias limitaciones y de las limitaciones de fuera.
Para complacer a muchas personas que, en su afán de incorporar el Yoga a su vivir diario, nos han pedido que describamos cómo podrían vivir un día según el espíritu Yoga que sirviera de sugerencia a todos los demás, concluimos este librito trazando un esbozo de lo que podría ser una jornada cualquiera vivida con la intensa actividad que caracteriza al occidental, pero aprovechándola en lo posible para dar un paso más hacia la liberación espiritual y hacia la realización de sí mismo.

Conciencia de sí mismo

Lo primero que de un modo natural debería brotar del interior en el momento de despertarse es darse cuenta de que uno se está despertando, hecho gozoso cuyo placer se puede libar con exquisita fruición. Y al mismo tiempo inaugurar ese despertarse con un acto de conciencia deliberado. Ya hacemos esto un poco, habitualmente, pero se trata de hacerlo de un modo deliberado. Cuando uno se despierta no hay que saltar en seguida de la cama pensando en que hay que hacer esto o lo otro, absorbido desde el primer instante por las preocupaciones. No, lo primero centrarse en sí mismo. Uno es más importante que todo lo demás. Verse a sí mismo y saber que es uno el que se ha despertado, sentirse yo.

Orientación a Dios

Todas las personas, pero en especial las que poseen una formación religiosa y dirigen en este sentido su trabajo interior, disponen entonces del momento ideal para iniciar su contacto con Dios. Este primer contacto nuestro con Dios puede consistir en un simple saludo, o diciendo la frase o «mantram» sobre la que estamos trabajando habitualmente, como: «Dios es amor». Pero no repetirla como un loro, sino centrándose interiormente sobre ella, convirtiéndola en una oración por la que nos abrimos de par en par afectivamente hacia Dios.

Respirar y levantarse

Una vez que uno ha tomado conciencia de sí mismo y ha establecido contacto con Dios, respirar un poco más profundamente de lo habitual y entonces levantarse.
Es muy aconsejable cuando uno se levanta, el desperezarse. Desde el punto de vista fisiológico es estupendo y está altamente recomendado. Se debe aprender a desperezarse a conciencia, del todo. La prueba de lo sano que es nos la da el hecho de que cuando se hace el ejercicio de Subud, una de las cosas que casi siempre surgen son movimientos de desperezamiento. Es una relajación fisiológica y psíquica incluso y un modo de reactivar la circulación de la sangre.. Muchas zonas están normalmente entumecidas, inmovilizadas, hay un déficit de funcionamiento circulatorio. Y el desperezamiento, ese estirarse y bostezar, reactivan la circulación y ayudan a despertarse del todo.
O sea que para despertar el organismo, nada mejor que la respiración y el estiramiento.

Ejercicios físicos

A veces se siente entonces la necesidad de evacuar. Es conveniente hacerlo antes de lavarse. Conviene saber que se puede educar la evacuación, hacer que una persona sienta necesidad de evacuar a una hora determinada.

Hay personas que ya automáticamente se han acostumbrado y lo hacen siempre a la misma hora, unos por la mañana, algunos después de las comidas, etc. Se educa esta necesidad mediante la simple sugestión antes de dormirse. Se trata de sugerirse uno a sí mismo que sentirá necesidad de evacuar a tal hora. Imaginar entonces la hora y el momento aquel tal como lo vive corrientemente y la sensación de necesidad de evacuar. Hay que hacer esto durante algunos días para que sea eficaz. Conviene practicar esta sugestión con mucha calma y silencio para que entre en el fondo visceral o mente vegetativa.

Aconsejaría luego lavarse o ducharse bien, antes de empezar los ejercicios físicos, pues es ideal para conseguir un completo despertar. Pero hacerlo a conciencia.
A continuación practicar una breve sesión de ejercicios físicos. Basta el pequeño plan de ejercicios que propusimos en la primera parte. Si uno puede hacer los ejercicios de Yoga que recomendé, el Padahastasana, etc., que en conjunto duran escasamente ocho o diez minutos, mejor. Pero si tiene mucha prisa, que haga un solo ejercicio.

Antes de los ejercicios, respiración completa; después de los ejercicios de respiración completa y tanto durante los ejercicios como durante la respiración, recuérdese que es importantísima la atención, el seguir con la mente por dentro todo el proceso de sensaciones que uno experimenta al hacer los movimientos.

La relajación

Después de hacer los ejercicios y la respiración, practicaría la relajación. Propongo incluso también ordenar estas prácticas de otro modo: hacer la relajación como final de los ejercicios, y, entonces aprovechar la relajación para hacer a la vez tranquilización mental y autocondicionamiento o sugestión. Es muy útil y eficaz. Una vez se ha hecho la relajación, levantarse y hacer otra vez ejercicios respiratorios. Uno está ya a punto para empezar a correr por el mundo. Aunque antes aconsejaría un rato, unos minutos de meditación y oración.

La meditación y la oración

La meditación

Tanto la autosugestión como la meditación, que versen sobre tema similar. Podría ser sobre tema diferente, pero el efecto es muchísimo más profundo si, como ya hemos dicho, se escoge un tema similar. Por ejemplo, si nuestro problema es de falta de energía, introducir en el autocondicionamiento yo soy energía, y, después, en la meditación, meditar en la noción de energía.Para ello uno visualiza esta noción de energía, de potencia, con la sensación de que entra y se expresa a través de uno mismo.

La oración

Considero que la oración no hace falta que se refiera para nada al factor energía. La oración es un momento de recreo absolutamente libre con Dios, de libertad absoluta, sin reglamentos, sin normas. Expresar lo que salga, sea lo que sea. Un rato de amistad total, de amor espontáneo a Dios.

¿PROBLEMA DE TIEMPO PARA ESTAS PRÁCTICAS?

La oración y meditación no tienen porque extenderse a más de diez minutos; los ejercicios físicos, incluida la respiración, no durarán más de ocho o nueve minutos, la relajación en sí puede durar diez minutos más. En total, media hora. Pero esta media hora es la mejor de todo el día, no nos quepa la menor duda. Aunque durante el día nos espere el negocio más prometedor, una operación comercial formidable y muchas cosas importantes, la media hora de la mañana, utilizada de esta manera, es la más llena, la más fecunda, la que nos producirá más y nos dejará mejores dividendos de todas las inversiones que pudiéramos hacer. Es el tiempo más útil, en todos sentidos, incluso comercialmente, porque vivir con serenidad, con claridad, con dominio de sí mismo, con fuerza interior vale ya mucho, pero es que además trae todo lo otro como añadidura.
Además el hecho de que uno tenga un punto constante de referencia durante todo el día, un equilibrio, una serenidad, una fuerza interior es principio y medio de todo un proceso de elevación y acercamiento a la realización interior que cada día va creciendo y verificándose más y más.

En la variedad de la vida

Terminados estos ejercicios, uno se pone a desayunar, a hablar con la familia, va al trabajo, en una palabra, vive su vida ordinaria Pero no de un modo ordinario. ¿Cómo, pues? Sobre la marcha del día aconsejaría:

- Tomar la vida con humor, utilizando la broma en todo: en las relaciones familiares, con gente y en todo cuanto hagamos. Aunque estemos preocupados, aunque tengamos problemas, aunque haya asuntos graves pendientes, si somos amigos de Dios, si estamos abiertos a Dios y a la vida, veremos que no podemos quedar cerrados a nadie. Aunque nos veamos literalmente bloqueados por problemas y dificultades, ¡buen humor, cordialidad!; sin exagerar, claro está, nada artificial, sino con esa buena disposición, esa simpatía, ese interés por los demás que tanto agrada, por más que algunos sean antipáticos y aunque no se lo merezcan. Es igual. Hemos de regalar el interés y la amabilidad gratis, no a cambio de merecimientos, ni en correspondencia a nada.

- Luego durante todo el día aprender a ir despiertos, gustando y libando el placer sano de todas las cosas positivas y bellas. Si uno va por la calle, andar despierto, disfrutar del hecho de ir por la calle. Cuando por la mañana se sale temprano es bueno respirar un poco el fresca que hace. Aprovechar todas las cosas positivas, por pequeñas que sean, abriéndose a ellas. A veces el solo hecho de andar por la calle es estupendo; entretenerse en mirar un escaparate, un paisaje, un árbol, cualquier insignificancia, pero mirarlo estando despiertos por dentro: se experimentará que es estupendo. Sobre todo nos enamoramos cada vez más de lo que es más natural, de los niños, de los animales y de las plantas, de lo que de un modo u otro está expresando sin engaño una realidad profunda.

- En el trabajo, que cada cual haga lo que pueda, lo que deba hacer y que lo haga del mejor modo posible. La disposición es la misma dé siempre aprender a no convertir el trabajo en algo pesado, aunque lo sea, aunque de suyo sea antipático, hacerlo lo mejor posible. Adviértase bien que no estoy recomendando que uno tenga paciencia. Sólo en algunos casos se ha de recomendar la paciencia, resignación y aceptación, pero no lo aconsejo como norma. Sino que aprenda a situarse en una posición positiva frente al trabajo. Si a uno no le gusta aquel tipo de trabajo, no quiere decir que la actitud positiva consista en que le guste, sino que, si no le queda otro remedio que seguir, ha de aprender a hacerlo con gusto; y, si interiormente se siente muy a disgusto y ve la posibilidad de encontrar otro trabajo, que lo busque. Cuanto más tenga una actitud positiva, más fácil le será buscar la nueva actividad y disponerse para ella. Pero ha de buscarla también con actitud positiva. Repito que no hay que confundir la actitud positiva con la paciencia o con las virtudes meramente positivas.

- En todo se nos: brinda una oportunidad de convertirlo en práctica y ejercicio para funcionar mejor. Si nos proponemos funcionar bien sólo a fuerza de voluntad, difícilmente lo conseguiremos. Pero si lo hacemos apoyándonos en un sentimiento o en un estado interior del que ya tenemos alguna experiencia, entonces cada vez lograremos ampliarlo más y nos acercaremos progresivamente a nuestro objetivo. Lo que nos empuja a actuar es más lo que nos gusta, lo que sentimos, que no la pura idea o la pura voluntad. Las ideas y decisiones en un momento dado son algo estupendo, pero normalmente somos empujados más bien por motivaciones de tipo afectivo y de sensación que no por las de tipo mental, por razones. Por eso en todo trabajo interior apoyémonos en experiencias, en estados que hemos vivido alguna vez. El estado que hayamos conseguido por la mañana en la relajación, en el autocondicionamiento, en la meditación y la oración, ese estado lúcido y positivo, aprendamos a alargarlo durante el día. Estado interior de la cualidad que hayamos escogido y en el que nos hemos sentido con un grado más alto de lucidez, de fuerza. Se trata de aprender a vivirlo de nuevo durante todo el día, estando atentos.
Para ello puede ser una norma el repetir la frase que uno relaciona con el estado que quiera conseguir. Si uno ha trabajado por la mañana sobre el tema de energía repetir: yo soy energía, osimplemente: energía, energía. Apoyándose en las experiencias interiores de la mañana y ampliándolas. Si el trabajo que uno hace es más bien de tipo religioso, decir: Dios es amor o Dios mío, os amo, etc. Estos son simplemente ejemplos de frases, que no hay que creer son las únicas, sino una mera orientación. Luego cada uno debe obrar por propia iniciativa, buscando o inventando otras más conformes con sus necesidades.

- Al cambiar de actividad conviene hacer un alto, tomando conciencia de sí mismo y reproducir el estado que se ha vivido por la mañana en el momento del autocondicionamiento, de la oración y de la meditación, recuperando por un instante esta conciencia profunda de uno mismo. Es muy importante alargar lo más posible el estado que queda dentro. Con un poco de práctica se verá que dura todo el día, y con un poco más, incluso toda la noche. Aunque uno no piense en ello. El pensar viene solo y el sentir está siempre presente. Se nota un estado de fuerza, de positividad, de presencia interior constante, día y noche. Sólo es cuestión de trabajar un poco sobre ello.

- Utilizar el cuerpo lo más sabiamente posible. Hacer los movimientos precisos, justos. Disfrutar haciendo cosas que requieran habilidad, poniendo inteligencia. Cualquier cosa que hayamos de hacer, hacerlo del modo más práctico, más claro, más preciso, más hábil posible. Convertir cada situación en algo que se puede aprovechar, pero no por obligación sino como deporte. Si jugamos, hacerlo bien. Este es el espíritu que trato de sugerir. No ha de ser una norma obligada que nos impongamos como un reglamento que controle las 24 horas del día. De ninguna manera, pues sería lo más opuesto a lo que estoy queriendo sugerir.
Nuestro trabajo ha de ser un placer. No quiero decir que sea una obligación que hayamos de disfrazar de un modo u otro de placer. Es que realmente se trata de aprender a vivir bien. Y vivir bien en todos sentidos, en el de rendimiento externo y en el de estados interiores positivos. Se trata de pasarlo bien, de aprender a disfrutar. Hay que hacer un esfuerzo para aprender a estar centrados, a vivir de un modo positivo, abierto, sintonizado con todo lo que son valores reales de la vida. Y para esto se puede aprovechar todo, lo material y lo espiritual, las cosas y las personas, lo que viene bien al cuerpo y lo que eleva el espíritu. Lo importante es no traicionarse a sí mismo, no falsearse, ni hacerse trampas.

LA PERFECCIÓN EN LA VIDA ORDINARIA


Si uno no consigue la perfección en la concentración dentro de la vida normal, no la conseguirá nunca. Lo que nos parece perfección en un momento dado, comparado con lo que podemos hacer es siempre muy imperfecto. No nos hemos de preocupar por la perfección formal; hemos de trabajar para ir mejorando, pero sin que esto se convierta para nosotros en un objetivo muy importante. Lo importante es la disposición interior de trabajar, de funcionar bien, de ser más conscientes, más despiertos, más abiertos. Esto sí que es importante y lo que nos hará progresar de veras.

En la perfección exterior, por artistas que fuéramos, siempre nos equivocaríamos y seríamos inferiores a una meta dada. Por tanto no hemos de pretender este perfeccionamiento. Es absurdo, falso y además va contra la verdadera perfección, que no consiste en ser muy perfectos, sino en abrirse a la perfección que es Dios. Que la vida se exprese a través de nosotros, que se haga la voluntad de Dios, que su fuerza, su inteligencia, su poder se vaya expresando a través de cada uno sin poner grandes obstáculos. No se trata de que el «yo» adquiera más perfección, más inteligencia. Cada vez que ponemos cosas encima del yo, lo vamos enterrando.

No nos preocupemos por la perfección personal, preocupémonos porque la perfección fluya a través de nosotros, que lo que es luz, vida, verdad, realidad, autenticidad, espontaneidad fluya, salga, se exprese, y que estemos atentos, despiertos para darle salida, para ser sus auténticos colaboradores.
No encerremos nuestra vida en reglamentos, nuestro yo en fórmulas, nuestra perfección en ideas. La vida es para vivirla de un modo libre y nuestra libertad se consigue cuando la realidad funciona de un modo total a través nuestro. La perfección se logra cuando el «yo» no causa ninguna preocupación, porque la imagen ideal de nuestro «yo» coincide con la realidad. Entonces funciona tal como somos, tal como nuestra naturaleza es.-Nuestro «dharma» se verifica, se expresa, vivimos nuestro ser, nuestra verdad, nuestra realidad.

En este sentido interior de apertura, de sintonía, de presencia de uno mismo, de colaboración, de entrega total a la vida, de funcionar bien en cada una de las situaciones, podemos ir progresando constantemente. Y si un día nos dormimos, o tenemos miedo de trabajar, o pereza, no nos desanimemos, no nos enfademos con nosotros mismos, no suframos una depresión. Es lo natural y lo normal. Que un día hemos hecho el propósito de funcionar muy bien y aquel día andamos peor, ¡no importa!, ¡esto no tiene importancia! Si entonces nos deprimimos será porque estamos todavía pendientes del yo ideal que nos hemos elevado como sobre un pedestal y del angelito que le hemos colgado al lado. ¡No tiene importancia! Lo importante es que en cada momento hagamos lo que podamos, incluso en el momento de la depresión, o de cometer una falta, aunque sea de orden moral. En aquel momento podemos hacer oración, porque aquello también es oración y la mejor oración.

Cuando hablamos a Dios de nuestras obras negativas, normalmente nos cerramos y no nos atrevemos a dirigir la mirada hacia Dios o hacia el superior. Es una actitud infantil. En todos los momentos Dios es la misma realidad. El tiene la misma importancia en el momento en que brillamos como muy listos, que en el que demostramos no ser nada. Dios es lo importante, la vida, la verdad, las cosas tal como funcionan, la realidad de las cosas. Esto es lo importante, nosotros no. Lo importante es la realidad que circula a través nuestro, lo importante es lo que estamos diciendo, no nosotros que lo decimos; no como propietarios de la razón, sino la cosa independientemente del mecanismo.
Se trata de darse cuenta de que también en aquel momento en que caemos Dios es el más importante. Y esto no mediante un raciocinio, sino por esa disposición interior de aceptación. Cuesta bastante porque son dos actitudes completamente diferentes la una de la otra, la de cerrarnos y la de abrirnos, la primera de afirmarnos en unos niveles elementales y la otra de afirmarnos en los niveles superiores, y por tanto tienden a ser movimientos antagónicos, pero de todos modos es posible abrirse.

¿Qué podemos ofrecer a Dios sino lo que tenemos y lo que somos? La mejor oferta es ésa. Cuando tenemos un hijito y traza unos palotes, un dibujo que él se figura representa algo, y luego nos lo da como regalo, aquello que es muy feo, muy desagradable y desarmónico desde un punto de vista artístico, tiene para nosotros un gran valor. Quiero decir que incluso lo imperfecto, si la actitud que existe detrás es de entrega, de sinceridad, adquiere carácter de bondad. Hasta una cosa mala, un «pecado», si no se hace con intención ofensiva de escarnio, de burla, sino porque uno se deja llevar de su fragilidad, apasionamiento o pereza, si en aquel momento se abre a Dios y se lo ofrece, cambia de aspecto su acción, borra el mal, lo transmuta en un bien. Esto tiene una aplicación muy frecuente a los problemas acerca del control sexual que tienen planteados los que quieren mantener la continencia y les cuesta mucho, padeciendo crisis y dificultades. Incluso en este punto hay que mantener una actitud de entrega, de sencillez, de apertura, de humildad. Y la humildad es aceptar la verdad, la verdad que sea. No ponernos ni arriba ni abajo. Cuando uno dice «soy un gusano», es que tiene en la mente la idea de que quisiera ser un rey. Es secundario que uno sea un gusano o un ángel.

Lo único importante es que Dios es, que la vida es, que la realidad es: esto es lo único importante. Cuando nos enamoramos de la vida, del amor, de Dios, entonces todas estas cosas nuestras, personales, pasarán a un plano tan secundario que por sí solas se caerán, se diluirán. Cuando no dependamos de ellas porque estemos constantemente afirmados, pendientes de algo que sí es sustantivo, que sí tiene un valor intrínseco, permanente, real, inconmovible. Esta es la verdadera técnica de transformación. En ella no hay ninguna sobrevaloración, se deshace el problema del orgullo espiritual, problema inevitable siempre que uno trabaja centrado en la idea de la propia perfección.

Cosas que parecen difíciles o incompatibles con la lógica, o con la moral no lo son. Creo que San Pablo afirma en un lugar esta idea el hombre que vive en armonía con Dios dicta su propia ley. Loque se precisa es esta actitud de ser uno sincero consigo mismo, de no hacerse trampas a sí mismo.
Al principio todos queremos lo mejor para el yo, pero poco a poco hemos de descubrir que la bondad que queremos para el «yo» no está en el «yo», sino que está en la vida que da vida al «yo». Es aquí donde reside la fuerza, la realidad, y aquí es donde hemos de aprender a apoyarnos. Entonces desaparece interiormente toda clase de escrúpulos, escrúpulos de tipo patológico. No hemos de preocuparnos con exceso de si hemos hecho lo mejor o no. Estamos convencidos de que muchas veces no hemos hecho lo mejor. Se trata de que procuremos hacerlo, pero si fallamos una, dos, tres, diez veces, es lo más natural. O sea, no querer figurar ante nosotros mismos como un ser perfecto, ni tampoco querer figurar como un ser imperfecto. Que ni para afirmación ni para negación tomemos el yo como ídolo, sino que aprendamos a descubrir que el yo está para funcionar, para vivir y para descubrir a través de él la verdad que hay detrás.

En la medida en que la mente aprende a estar más centrada, más despierta, sintoniza mejor con la verdad y a la vez las cosas se van viendo más claras. La persona siente energía, siente fuerza y se da cuenta de que por dentro tiene una capacidad enorme de respuesta, de que esta energía, esta fuerza pasa a través de ella, que viene de ella y viene de la fuente, y si un día está sin ganas de hacer nada y todo trabajo espiritual le repugna, no se desalienta, no se desespera ni se hunde, pues poco a poco se va descentrando este egocentrismo que tenemos todos más o menos disfrazado bajo la idea de «perfección», de «mayor rendimiento personal» y otras mil máscaras que ponemos al egoísmo.
Exactamente igual ocurre con el amor: ya no somos nosotros quienes amamos. Es el amor el que- se expresa a través de nosotros.

Ese amor que va adquiriendo importancia en cada uno. Porque es, en el fondo, el que está animando al yo. Son más importantes estas fuerzas, estas realidades del amor, de la fuerza, de la inteligencia, que el propio yo, una mera estación de servicio donde las cosas se distribuyen de nuevo.

Un Yoga integral consistiría en volver a un yoga muy simple: estar abierto a la vida, descubrir esas realidades profundas que nos hacen vivir: la mente que nos hace funcionar, el amor que anima nuestra vida, la fuerza que hay detrás de toda nuestra existencia; y ser canales inteligentes, colaboradores entregados del todo a este trabajo de expresar esta verdad, esta realidad, este amor constantemente en el mundo. Aunque parezca extraño, esto es lo que da plenitud, no el acumular conocimientos y conservar cosas. En el sentido centrífugo es donde la vida se afirma más, donde la realidad es más clara, más viva y se impone de un modo más directo.

¿Que llega un momento en que nos toca hacer de personas contemplativas? ¡muy bien!, ¡hagámoslo!, ¡también es divertido! ¿Que no tenemos ganas de hacer nada, sólo de tumbarnos?: ¡si no tenemos ninguna obligación estricta, tumbémonos y en paz!, ¡y disfrutemos con el hecho de estar tumbados! Pero, ¡¡cuidado!!, si tenemos obligaciones, si nos requieren imperativos familiares, sociales, religiosos o del tipo que sean, primero son los imperativos, porque responden a una obligación de un nivel más elevado.

Como hemos dicho ya anteriormente, no hemos de perder nunca el sentido común, la razón clara que lo ilumina todo. Pero esto no quiere decir que hayamos de cuadricular nuestra vida mediante la razón, los reglamentos, la voluntad, la disciplina y convertirlo todo en un sistema de cuartel más o menos civilizado. La vida es para vivirla de un modo libre, incluso la vida de sociedad, incluso la vida reglamentaria.

Solamente podremos descubrir esta libertad, si por dentro no nos cuadriculamos, si aprendemos a respirar por dentro con libertad. Hemos de sentirnos con soltura, aunque por fuera tengamos que hacer el papel a, b, ó c que estar a las nueve en tal sitio, y firmar tantos papeles, y sujetarnos a esperar que pasen otros si queremos cruzar la calle.

EJERCICIOS POR LA NOCHE

Por la noche como prácticas especiales, sólo, si se puede, un rato de oración, un rato de meditación y un momento antes de dormirse un rato de autocondicionamiento y la retrospección. Y nada más. Todo junto quince minutos o veinte. La práctica de meditación y la de oración, antes de cenar. Y la práctica de la retrospección y del autocondicionamiento, cuando uno ya está en la cama, en el mismo momento en que se va a dormir.
Si uno quiere practicar también relajación, porque tiene una vida muy agitada y tensa que le dificulta las digestiones, muy bien. Entonces que aproveche quince minutos antes de comer al mediodía. Y durante la relajación, una vez haya conseguido el grado suficiente de profundidad, de tranquilidad, de relajación en el grado físico y emotivo y esté empezando la mental, que aproveche para hacer también autosugestión sobre la cualidad que está tratando de adquirir.

FINAL

Se trata pues, en resumen, de dos sesiones al día de media hora como máximo. No es mucho. Se puede hacer. Y si un día uno tiene menos tiempo, se deja y en paz. Lo mismo que si se da cuenta de que está buscando una excusa para no hacerlo. Decírselo claro uno a sí mismo. Cuanto más claro, más despierto y más sincero sea uno consigo mismo, mejor. No andar con medias explicaciones. Asumir la responsabilidad de lo que uno dice, estando todo uno detrás de lo que dice.No lo hago porque no me da la gana. ¡Estupendo! No lo hago porque tengo prisa. ¡Muy bien! Esto no perjudicará el trabajo, porque este modo de plantearse el problema con sinceridad, de un modo directo, produce automáticamente el sentido de obligación de hacerlo en otro momento. El hecho de enfrentar la situación de un modo consciente y plenamente deliberado no perjudica. No nos engañemos nunca. Seamos sinceros. No seamos rígidos. Esa es la buena voluntad, la buena disposición que hace que con el tiempo avancemos aun sin darnos cuenta. A veces caminamos más cuando nos parece que no adelantamos.

A algunas personas puede irles muy bien el sistema de control, pero en general abunda muchísimo más el número de personas a quienes un sistema de control rígido les ahoga o no les va bien. Estas personas más vale que se apoyen en el hecho de sentir, de cultivar experiencias positivas. Alargar las experiencias que consisten en la meditación, en la concentración, en las posturas de yoga, etc., alargarlas más, repetir durante el día los «mantrams», la oración, la presencia de Dios. Esto irá produciendo un estado y será este estado el que conducirá a la práctica. En realidad uno ya no progresa a fuerza de puños, a fuerza de su sola voluntad, trabajando. Hay algo que le empuja por detrás, que le empuja por arriba. Se da una colaboración en el trabajo interior: no estamos solos en el trabajo; hacemos algo, pero alguien trabaja en nosotros para expresarse y funcionar mejor. El trabajo repartido siempre es más productivo. Aprendamos a tener un buen socio y las cosas marcharán bien.

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