"La ciencia del Yoga no ofrece ninguna nueva religión, ofrece una metodología. A través de ella puedes entenderte mejor en todos tus niveles, incluyendo tu bienestar físico, tus acciones, tu proceso mental, emociones y deseos. Además comprenderás cómo te relacionas con el mundo. Esta ciencia crea un puente entre las condiciones internas y externas de la vida. El yoga es una forma de mejorarte a ti mismo, de entender tus estados internos". - Swami Rama

domingo, 24 de agosto de 2014

EL SISTEMA YOGA por Swami Krishnananda - part 7

PRATYAHARA O ABSTRACCIÓN

 Swami Krishnananda
Todavía estamos en el campo externo del yoga. Asana y pranayama forman el exterior del yoga. Los miembros internos, que forman el campo interior, están más adelante. Pratyahara o la retirada de los poderes de los sentidos, es donde comienza el círculo interior. Así como la asana es una ayuda en pranayama, también así pranayama es una ayuda en pratyahara.

Asana es postura física estable; pranayama es la armonía o regularización de la energía interior mediante la
apropiada manipulación de la respiración. Pratyahara es la extracción de las facultades de los sentidos de sus respectivos objetos. Pratyahara significa ‘abstracción’, o ‘traer de vuelta’. Así como el jinete controla los movimientos del caballo a través de las riendas que sostiene en sus manos, el yogui controla los sentidos por la práctica del pratyahara.

Para llegar a un entendimiento de la razón detrás del pratyahara, debemos volver atrás, a nuestra primera lección de yoga. La pregunta sería, ¿por qué deberíamos dominar los sentidos? El yoga es la técnica de realización de lo universal.

El individuo debe ajustarse con lo cósmico y, en esencia, ése es el objetivo del yoga. En este esfuerzo, los sentidos actúan como obstrucciones. Mientras el individuo trata de unirse con el universal, los sentidos tratan de separarlo a través de la diversificación de intereses. La principal actividad de los sentidos es suministrar una prueba de que existe un mundo externo, en tanto que el análisis del yoga afirma que realmente no existe nada por fuera del universal. Cuando tratamos de pensar como pensaría el universal, los sentidos nos impiden hacerlo y nos hacen sentir y actuar en términos de multiplicidad y variedad. Aquí es donde la mayoría de la gente encuentra dificultad en la meditación. Los sentidos no se mantienen quietos cuando hay un intento de meditar. Más bien distraen las facultades del sistema interno y retardan enfocarse en la conciencia. Los sentidos liberan la energía por diferentes canales de actividad, siendo los principales las
funciones ver, oír, oler, tocar y saborear. En tanto veamos lo particular, no podemos creer en el universal. Nadie va a creer en la existencia de la universalidad, porque nadie la ha visto.

Los sentidos parecen estar empeñados en crear diferencia entre quien ve, y quien es visto. Sin embargo, el hecho es que no hay diferencia entre el individuo y el universal. La aparente diferencia ha sido creada por los sentidos. El individuo es hipnotizado por ellos para que se reconozca de manera errónea. Mientras que el individuo es omnipotente, ellos lo hipnotizan en el sentimiento de ser impotente, y lo hacen sufrir las penalidades de la individualidad. En sueños, un millonario puede sufrir las penalidades de la pobreza.

Después de suntuosa cena, se puede sentir hambre en el mundo de los sueños. Experimentamos el sueño de un espacio expansivo mientras estamos confinados dentro de las cuatro paredes de una habitación. En tanto estamos en nuestra propia ciudad, soñamos que hemos volado a una tierra lejana. Una circunstancia creada psicológicamente, se convierte en causa de diferencia en la experiencia. Lugar, tiempo y circunstancias, pueden cambiar cuando la mente entra en una esfera diferente de conciencia. Los sentidos producen la ilusión de un mundo externo, el cual no está ‘afuera’. Esto significa que podemos ver cosas aunque no existan. No es necesario que exista un mundo real ahí fuera para que podamos verlo. El sueño hace aparecer al único individuo como si fueran muchos. Así que dos verdades vienen en nuestra ayuda: el uno se puede convertir en muchos; y podemos ver un mundo que no está allí.

Esto es exactamente lo que nos está sucediendo, aún en el estado de vigilia, la misma ley, la misma regla de
percepción, la misma estructura experimental. Que veamos un mundo no significa que realmente exista, aunque tenga la realidad de ‘ser percibido’. Solo cuando despertamos del sueño, sabemos lo que nos sucedió en el sueño, y no cuando estamos soñando. Así como los sentidos del sueño nos enredan en la experiencia del mundo soñado, los sentidos del estado de vigilia nos hacen lo mismo. Cuando los sentidos del sueño son retirados, despertamos del sueño; cuando los sentidos del estado de vigilia son retirados, entramos en la realidad universal. Esta es la razón por la cual en yoga se debe lograr pratyahara, el cual es la forma de realización del universal. Si no dominamos los sentidos, vamos a estar en el sueño del mundo.
Cuando traemos los sentidos a su fuente, la burbuja de la individualidad estalla en el océano del Absoluto.
No participamos de la naturaleza del mundo, porque no somos nada de lo que vemos en el sueño.

Pratyahara es esencial para despertar al hombre del gran sueño de la percepción del mundo. Estas son sutiles verdades sobre las que debemos meditar, las cuales, incluso escuchándolas, son purificadoras. Si solo se escuchan estas verdades, los pecados serán destruidos. Esta es la necesidad de la práctica del control de los sentidos. Entre tanto, los sentidos se aferren a sus objetos, estaremos en el mundo. El yoga se eleva por encima de la mera percepción del mundo, hasta la conciencia universal. Hay muchos métodos de pratyahara. Los textos los mantienen como grandes secretos. Nadie puede buscar la práctica de la meditación sin un
corazón puro. No se debe entrar en el sendero a menos que se hayan cumplido las pre-condiciones. No se debe forzar la mente a meditar, sin tener sentimientos puros. Los deseos frustrados son grandes peligros.
Acercarse al yoga con deseos que están al acecho, es como encender una llama cerca de dinamita. Dejad al corazón ser libre, porque solo el corazón tiene que meditar, y no solamente el cerebro. El pensamiento no puede lograr nada cuando el corazón está en otra parte, y los sentimientos son dirigidos a una meta diferente.

Se puede decir que el pratyahara constituye la frontera del yoga. Cuando uno practica pratyahara, está casi en los límites del Infinito, y se tienen sensaciones supra físicas. Aquí es donde más se siente la necesidad de un Gurú. De nuevo se siente temblor en el cuerpo, revoloteo de la mente, somnolencia e híper actividad de los sentidos. Cuando intentamos pratyahara, los sentidos se agudizan más.
Algunas de las primeras consecuencias de esta práctica del yoga, son: más hambre, más pasión, más susceptibilidad a la irritación, sobre sensibilidad. Para ilustrar esta condición, podemos dar un ejemplo: si tocamos nuestro cuerpo con un palo, o aún con una barra de hierro, no los sentimos. Pero nuestros ojos no pueden soportar el toque de una suave hebra, a causa de la sutileza de la estructura del ojo. Así de
sutil se vuelve la mente, de tal manera que permanece susceptible a la mínima provocación, impacto o situación. En la etapa de pratyahara permanecemos en una condición donde directamente nos vamos a las manos con los sentidos, así como la policía interviene en una confrontación con bandidos que han estado al acecho y que ahora pelean sin que les importe la muerte. En una pelea a muerte la intensidad del combate crece, se dobla de un momento a otro. Si una serpiente que está a punto de morir en una pelea, muerde a una persona, se dice que no hay remedio porque su veneno se intensifica. La llama resplandence más antes de apagarse. Así los sentidos, cuando están siendo asidos con pratyahara, se vuelven hiperactivos, sensibles y tremendamente fuertes. Aquí el estudiante desprevendio puede caer. ¿Qué debe hacer uno cuando los sentidos se vuelven tan activos y fieros? En esta condición uno no puede soportar la visión de los objetos de los sentidos, y aquí es cuando uno no debe estar cerca de ellos. Mientras uno vive una vida social normal, nada parece especialmente tentador.

Pero ahora, en la etapa de pratyahara, uno se vuelve tan sensible, que los sentidos pueden ceder en cualquier momento. Es como caminar sobre el filo de una navaja, afilado y cortante, fino y difícil de percibir. Aquí un pequeño descuido puede significar peligrosas consecuencias. Sutil es la senda del yoga, invisible a los ojos y difícil de recorrer. Los yamas y niyamas, practicados desde un principio, serán una ayuda en este estado. La gran disciplina que uno ha experimentado en los yamas y niyamas, lo guardará a uno contra la arremetida de los sentidos. A causa de la sinceridad del estudiante, Dios le ayudará a salir de la situación.
Esa es la guerra del Mahabarata de la práctica, donde uno debe luchar contra los poderes de los sentidos, que inclinan hacia los objetos y los placeres.

El pratyahara debe ir junto con vichara, o investigación cuidadosa de cada condición psicológica que se de en el proceso. Los sentidos fácilmente confunden una cosa con otra. Samsara, o la existencia en el mundo, no es más que una mezcla de apreciaciones erróneas de valores. Los sentidos no pueden ver la Verdad. No solo eso, sino que ven la falsedad.

Ellos confunden, dice Patanjali, lo no eterno, con lo eterno, lo impuro, con lo puro, el dolor con el placer, y el no Ser, con el Ser. Este es el cuádruple disparate cometido por la mente y los sentidos. Nada hay permanente en este mundo. Que ‘todo pasa’, es una verdad que todos conocemos bien. Todo el mundo sabe que el próximo momento es incierto, y aun así, podemos ver cuánta fe la gente pone en el futuro, y qué
preparativos hacen, inclusive, para cincuenta años más adelante. No puede haber nada estable en el mundo a causa de la impermanencia del cosmos, el cual está atrapado en el proceso de evolución. Sin embargo, el hombre toma las cosas como entidades permanentes. Los sentidos no pueden ver exactamente que está sucediendo frente a ellos. Son como personas con los ojos vendados, que no saben qué hay ante ellos. Fue el Buda quien hizo de esto su doctrina central, al proclamar que todo es transitorio, y aun así, para los sentidos, todo parece ser permanente, lo cual significa que no pueden ver la realidad. Nadie se baña dos veces en el mismo río. No hay existencia continua en una llama ardiente. Todo es movimiento de partes, salto de partículas. Cada célula de cuerpo cambia. Cada átomo de materia vibra. Todo tiende hacia otra cosa. En todas partes solo hay cambio. Mas para los sentidos no hay cambio en ninguna parte y todas las
cosas son sólidas. Casado con esta teoría de los sentidos, el hombre no está preparado para aceptar ni siquiera su muerte inminente. Tal es el crédito que le da a la sabiduría de los sentidos.

También los sentidos toman lo impuro por lo puro.
Pensamos que nuestro cuerpo es hermoso y querido, y otros cuerpos conectados con él, también son queridos. Nos abrazamos a las cosas como a formas hermosas, sin saber que hay una impureza esencial subyacente a su aparente belleza. Para conservar la así llamada belleza y pureza del cuerpo, nos dedicamos diariamente a muchas rutinas, tales como el baño, la aplicación de jabón, cosméticos, etc., y cuando esto deja de hacerse, veremos lo que realmente es el cuerpo. La verdadera naturaleza del cuerpo se revela si, por algunos días, uno no lo atiende. Ese también es el caso con todas las otras cosas del mundo. Todas las cosas manifiestan su naturaleza cuando no se les presta atención. Cuando el cuerpo está enfermo y hambreado, muestra su verdadera forma. En la vejez, es visible su real naturaleza. Tal es la belleza de este cuerpo prestado: artificial, engañosa. ¿Por qué no vemos la misma belleza en el cuerpo afectado con una
enfermedad mortal, o cuando está muerto? ¿A dónde va nuestro afecto por el amado cuerpo? Hay una confusión en la mente, que ve cosas donde no las hay, y construye valores a partir de su imaginación. Hay una fealdad subyacente que finge la belleza tomándola de otra fuente, y se hace pasar por una sustancia hermosa, tal como el espejo brilla tomando prestado el brillo de la luz. Es la luz la que brilla, y no el espejo, aunque generalmente decimos que el espejo brilla.

Confundimos una cosa con la otra. La belleza no pertenece al cuerpo, sino a algo distinto que los sentidos y la mente no pueden visualizar o entender. Así, las escrituras de yoga describen cómo este cuerpo es impuro. ¿De dónde ha venido el cuerpo? Vaya a su origen y comprenderá cuán puro es ese lugar. ¿Qué sucede cuando no se le atiende, cuando está seriamente enfermo, o es privado de sus pranas? ¿Dónde está la belleza del cuerpo del cual los pranas han partido? ¿Por qué no vemos belleza en un cadáver? ¿Qué era lo que nos atraía de un cuerpo vivo? No se puede confiar en los informes de los sentidos.

También confundimos el dolor con el placer. Cuando estamos sufriendo, creemos que estamos disfrutando
placeres. En términos psicoanalíticos, esto es comparable a una condición de masoquismo, en la cual se disfruta el sufrimiento. Uno está tan sumergido en el dolor, que la misma condición de dolor le parece una satisfacción. El hombre nunca ha conocido lo que es la verdadera felicidad, lo que es la alegría, lo que es el regocijo. Nació en la aflicción, vive en aflicción y muere en aflicción. Este grave estado, lo confunde el hombre con la condición natural. “Por cuenta de la consecuencia que sigue a la satisfacción de un deseo, la
ansiedad por perpetuarlo, las impresiones producidas por el placer, y el flujo perpetuo de las gunas de prakriti, todo es aflicción”, dice Patanjali. Solo la mente que discierne, es la que descubre los defectos inherentes en la estructura del mundo.

La consecuencia del placer es la generación de deseo adicional para repetir el placer. El deseo es un incendio que entre más se alimenta, más y más pide combustible. El deseo se expande él mismo. ‘El deseo nunca se extingue con su realización’, es una verdad reiterada en los textos de yoga. El efecto de la satisfacción de un deseo no es placer, aunque uno sea compelido a pensarlo. El efecto es deseo adicional.
Uno no puede decir cuánto tiempo más continuará disfrutando, porque los deseos no tienen fin. El hombre no desea morir, porque morir para este mundo es equivalente a perder los centros de placer. La mente recibe un impacto cuando escucha que la muerte está cerca. El deseo es la causa del miedo a la muerte. La consecuencia de la satisfacción de un deseo, debe, por tanto, enseñar una lección a todo el mundo.

Cuando poseemos el objeto del deseo, no somos realmente felices. Hay preocupación por conservarlo. Uno no duerme bien cuando tiene todas las cosas satisfechas. Los ricos no son felices. Sus familiares pueden robarlo, los delincuentes pueden arrancarle su riqueza, y el gobierno puede apropiarse de ella. Solo porque tenemos el objeto del deseo, no significa que podamos ser felices. Uno era infeliz cuando no tenía el objeto, y ahora, de nuevo, hay infelicidad a causa de su posesión.

Existe otra causa de insatisfacción. Sin darnos cuenta, mediante la satisfacción de un deseo, creamos en nuestra mente subconsciente, sutiles impresiones psíquicas. Tal como cuando hablamos o cantamos ante un gramófono se forman surcos en el disco, y el sonido puede transmitirse cualquier número de veces, así, también, cuando uno tiene la experiencia de disfrutar un objeto, se forman impresiones en el nivel inconsciente, y pueden repetirse cualquier número de veces, inclusive cuando uno las ha olvidado, aunque hayan pasado muchos nacimientos, y aun cuando uno ya no las desee más. Las impresiones causadas por un acto de disfrute, son penas en el futuro.

Hay una cuarta razón: el giro de la rueda de las gunas de prakriti. Prakriti es el nombre que le damos a la raíz de toda sustancia, la cual está constituida por las propiedades llamadas sattva, rajas y tamas. Sattva es transparencia, pureza y balance de fuerzas. Rajas es distracción, división y bifurcación de una cosa de otra. Tamas es inercia, ni luz ni actividad. Esos son los tres modos de prakriti, y nuestras experiencias no son otra cosa que nuestra unión con esos modos. Estamos embotados cuando en nosotros opera tamas, estamos afligidos cuando funciona rajas, y estamos felices cuando sattva es preponderante. Solo podemos ser felices
cuando sattva está ascendiendo y no en otro caso. Y no podemos ser felices siempre, porque sattva no va a ascender en todo momento. La rueda de prakriti en su girar nunca se detiene. Ocasionalmente sattva se levanta, y luego desciende.

Cuando asciende nos sentimos felices, y cuando desciende somos infelices. En una rueda que gira, ningún rayo puede quedar quieto o estar siempre en la misma posición. Por tanto, la felicidad en este mundo no es permanente; viene y se va. Este mundo, así constituido física y psicológicamente, es fuente de dolor para la mente que discierne. Aun el gozo transitorio del mundo, es el resultado de una liberación de la tensión biológica, una excitación de los nervios, y una ilusión de la mente ignorante.

También confundimos el no Ser con el Ser, serio error que cometemos a diario. Cuando amamos algo, trasladamos el Ser al no-ser, e infundimos al no-ser, los caracteres del Ser.
El Ser es aquel que conoce, ve y experimenta; es la conciencia en nosotros. Aquello que es visto o experimentado, y aquello que consideramos un objeto, es el no-ser. El objeto es no-ser porque no tiene consciencia. Que un ser como el hombre tenga consciencia, no es argumento contra el hecho de que su
cuerpo sea un objeto, porque lo que se ve es la forma y no la consciencia.’ La objetividad’ en las cosas es lo que las hace objetos. No son los objetos los que conocen el mundo; es la conciencia ininterrumpida la que lo conoce. No es el mundo el que siente al mundo, sino el sujeto conocedor. La conciencia se da cuenta de la presencia de un objeto, por una actividad misteriosa que se lleva a cabo psicológicamente. Por ejemplo, ¿cómo se hace uno consciente de una montaña? Este simple fenómeno es un poco difícil de entender, aunque ocurre casi todos los días. La montaña, que está en frente, no entra en los ojos o la mente de quien la percibe. Está lejos y,sin embargo, la mente parece ser consciente de su existencia.
Los ojos no se ponen en contacto con el objeto; el objeto no toca físicamente al sujeto. ¿Cómo, entonces, el sujeto conoce el objeto? Uno puede decir que los rayos de luz que emanan del objeto, afectan la retina del sujeto, y éste puede así conocer el objeto. Pero ni el objeto ni los rayos de luz tienen consciencia, y una actividad inerte no puede producir un efecto consciente. Entonces, ¿cómo puede conocerse un objeto? El secreto de la relación entre el sujeto y el objeto parece estar oculto tras su forma exterior. Son los sentidos
los que nos dicen que hemos conocido el objeto gracias a los rayos de luz. Los ojos por sí solos no pueden ver, y los rayos de luz por sí solos no pueden revelar el objeto. Los rayos de luz pueden estar ahí, así mismo el objeto, pero si la mente está en otro lugar, uno no puede ver el objeto. Parece que en la percepción es necesario algo más que los factores instrumentales. Aquí juega un papel importante la mente.


Ahora bien, ¿la mente es una sustancia, un objeto? ¿O es inteligente? Lo mínimo que puede esperarse en la percepción es inteligencia. Podemos suponer que la mente es inteligente, como podemos decir que un espejo brilla. Así como el espejo realmente no brilla, la mente no es inteligencia. Así como es la luz la que brilla, y no el espejo, es una consciencia transcendente la que ilumina la mente. No es fácil entender la
naturaleza de esta consciencia, puesto que es ella misma la que entiende. ¿Quién puede explicar aquello que está detrás de toda explicación? Es el conocimiento detrás del entendimiento. ¿Quién entiende el entendimiento? Es la misteriosa realidad que está en nosotros, por la cual conocemos todo, pero que no puede ser conocida por nadie.

Esta inteligencia o consciencia, actúa en la mente como la luz en el espejo. La mente se refleja ella misma en el objeto, así como el reflejo de un espejo puede iluminar una pared. El objeto es localizado por la actividad de la mente, y la inteligencia que hay en ella percibe el objeto. La inteligencia no actúa directamente, sino que se enfoca a través de un medio, que es la mente. Un rayo de inteligencia pasa a través del lente de la mente, y confronta el objeto. La inteligencia contempla el objeto mediante la instrumento de la mente.

¿Cómo entra la inteligencia en contacto con la materia inconsciente, la cual conocemos como el objeto? ¿Cómo puede la consciencia conocer un objeto, a menos que haya algún parentesco entre ellos? Concediendo que debe haber tal parentesco, no puede decirse que sea una relación material, como ciertos filósofos del materialismo pueden sostener, porque la materia no tiene entendimiento. No tiene ojos ni inteligencia. Entonces, ¿quién ve la materia? La materia no puede ver la materia, puesto que es ciega. La
inteligencia, sin la cual todo carece de significado, es diferente de la materia. Es la inteligencia la que conoce la existencia de la materia. ¿Cómo podría llegar la inteligencia a tomar contacto con la materia, a menos que ésta tenga una naturaleza similar a aquélla? La materialidad no puede ser el vínculo entre las dos, porque la materia no puede vincularse con la consciencia. La consciencia no puede conocer la materia, a menos que esté escondida dentro la materia. En conclusión, la materia debe ser esencialmente consciente, si la percepción tiene algún significado aceptable. Debe haber Ser aun en el no-Ser; si la percepción puede ser posible, la consciencia debe ser universal. Pero los sentidos no pueden ver la consciencia universal. Ellos solo ven la objetividad, la externalidad, los cosas localizadas. Falsamente proyectan un fantasma de ‘exterioridad’ y crean un ‘objeto’ fuera de la realidad universal. El objeto es vinculado artificialmente con
el sujeto. Cuando los sentidos visualizan un objeto fuera, el cual aparece como algo material, está sucediendo una transferencia de valores entre el sujeto y el objeto. El Ser interno, que es consciencia universal, afirma este parentesco con el objeto, pero como lo hace a través de la mente, aparece amor por el objeto. Todo amor es la afinidad que siente el universal con él mismo en la creación. Este amor universal se
distorsiona cuando es transmitido a los objetos mediante los sentidos. En lugar de amar a todas las cosas por igual, amamos solo ciertas cosas, con exclusión de otras. Ese es el error de la mente, el error en el afecto cuando es transmitido por los sentidos, sin el conocimiento de su fundamento universal. Mientras que el amor espiritual es universal, el amor sensorial es particular, y engendra odio e ira. El deseo individual es una trampa para caer en cautiverio.

El Ser se confunde con el no-Ser, y viceversa, en el sentido de que el universal se olvida y se localiza en ciertos objetos, y los sentidos cometen el desatino de tomar lo no eterno, por lo eterno, lo impuro, por lo puro, y el dolor por placer. Pratyahara es de gran ayuda en este análisis, porque los sentidos, al entenderlo, se abstienen de apegarse a las cosas. El enredo de los sentidos en sus respectivos objetos, y su conexión orgánica con los objetos, es tan profunda y fuerte, que no es fácil sacar la consciencia de la materia. Tal
como uno no puede quitarse la piel del cuerpo, es difícil sustraer los sentidos de las cosas. El contacto orgánico, artificialmente creado entre los sentidos y los objetos, debe ser separado por vichara o investigación filosófica. Esta es una etapa de vairagya, o desapasionarse por lo que no es real.

En estado de pratyahara, no necesariamente los sentidos estarán activos. Muchas veces parecen reposar quietos, y, a pesar de eso, perturbar grandemente al estudiante. Cuando están positivamente activos, el estudiante se hace consciente de ellos, pero cuando los sentidos recurren a subterfugios, es difícil percibirlos. Las actividades de los sentidos tienen etapas o formas de manifestación. Alguien que va a cometer
un delito, podría permanecer en silencio, pero esto no significa que esté inactivo, porque está maquinando un plan de acción que cumplirá en el momento apropiado. En ocasiones, sus actividades pueden hacerse imperceptibles, debido al trabajo de la policía, cuando está perseguido desde varios lados. Cuando ha trabajado en exceso, puede sentirse fatigado, y en esa condición, otra vez, puede que no haga nada. Sin embargo, de ahí no se sigue que ya no tenga sus intenciones sutiles, o que realmente haya dejado de actuar.
Algunas veces, puede suceder también, que suspenda su actividad por otras razones, como el matrimonio de su hija o la enfermedad de su hijo. Esa suspensión de acción, tampoco significa una clausura de sus planes.

Cuando todas las circunstancias sean otra vez conducentes, reasumirá su trabajo con gran fuerza.
Esta es también la forma como trabajan los deseos.
Pueden estar dormidos, atenuados, interrumpidos, o activamente operativos. Cuando dormimos, los deseos
también duermen; ganan fortaleza para la futura actividad del día siguiente. También pueden cansarse, y entonces cesar en su trabajo por un momento. Pueden yacer dormidos (prasupta), cuando hay frustración debida a la operación de las leyes de la sociedad, la ausencia de medios para conseguir lo que desea, o la presencia de alguna satisfacción obstructiva. En la frustración, la actividad esta temporalmente detenida.

Cuando se está en un ambiente que no es conducente a la expresión del deseo, uno lo suprime mediante la voluntad, entonces queda en una condición de sueño inducido. En la pralaya cosmica o disolución final,
cuando todos los individuos concluyen en un estado causal del universo, los sentidos, con sus deseos, se encuentran latentes; permanecen en forma de semilla. Los deseos no son totalmente ciegos, porque conocen como crear circunstancias para su expansión y cumplimiento. Aun el instinto tiene inteligencia. En algunas ocasiones, la inteligencia se ve impedida por el instinto. La inteligencia con frecuencia justifica el instinto y acentúa su trabajo.

Aunque esta puede ser una de las condiciones del deseo en personas ordinarias, en el caso de los estudiantes de yoga, se atenúa y se convierte en un hilillo. La Sadhana atenúa el deseo, lo debilita, aunque este no es fácilmente destruido.
Los deseos pierden fuerza en presencia del Maestro espiritual, dentro de un templo, o un lugar de adoración, porque esta no es la atmósfera para su exhibición. Esta es otra condición del deseo, cuando permanece débil o apagado (tanu).

Hay un tercer estado del deseo: cuando puede ser ocasionalmente interrumpido (vichhinna) en sus actividades.
Uno puede tener amor por su hijo, pero gracias a un error cometido, o a una conducta inadecuada de su parte, uno puede enfurecerse contra él. Aquí el amor por el hijo no ha dejado de existir, sino que está temporalmente suspendido con ocasión de las circunstancias. Esto sucede con frecuencia entre esposos. El amor es detenido por el odio, y el odio por el amor, debido a situaciones que pueden surgir de vez en cuando en la sociedad. Por el momento, el objeto del afecto puede lucir como uno de odio. Vemos en los
monos, por ejemplo, que la madre no le permite a su crío comer, y llega a sacarle de la boca el pedazo de pan. Esto no quiere decir que la madre odie a su hijo, pues también podemos observar el grado de apego que tiene por su bebé.

El amor y el odio son condiciones psicológicas misteriosas, y no podemos saber en determinado momento dónde estamos, hasta que tengamos una fuerte oposición en contra. En algunos casos uno se siente deprimido, y en otros está gozoso. Con frecuencia, hay desaliento y melancolía.
Pequeños contratiempos desestabilizan fácilmente a las personas, aunque todo el tiempo podrían haber estado felices. De repente, pueden exaltarse debido a alguna noticia feliz. Estas son ondas que surgen en el lago de la mente debido al movimiento, en diferentes direcciones, del viento del deseo. La mente danza al compás de los sentidos.

Ha habido casos, cuando buscadores de muchos años parecían personas con los sentidos bajo control, y luego comenzaron a ser indulgentes con actividades indeseables.
Algunas veces, cuando no hay progreso tangible, uno puede pensar que sus esfuerzos han sido perdidos; mas, de repente, uno puede sentir un gran gozo. Esto sucedió en el caso del Buda. Había perdido la esperanza, incluso el día previo al de su iluminación. Había decidido que su fin había llegado. Pero el engaño desapareció al siguiente día, y la luz comenzó a iluminar. Los buscadores pueden bajar o subir en el camino y dar rodeos, como un camino en la montaña con muchas bajadas y subidas. El estudiante de yoga debe estar vigilante, y no tomar decisiones o juzgar, por el talante que tenga cada día. Las cosas pueden parecer bien durante determinado tiempo, pero subsecuentemente puede haber un ciclón de emociones, que destroza sus esperanzas y expectativas. Estas son las operaciones de la guerrilla, que los sentidos deseosos
emprenden cuando uno trata de controlarlos o restringir su actividad. Cuando constantemente vigilamos los sentidos, ellos muestran resentimiento, y reaccionan queriendo emboscarnos. Nadie tolera restricciones a su libertad.

Cualquiera que sea la condición del deseo – dormido, atenuado o interrumpido-, aún está allí, y no se ha ido. Puede ganar fuerza en el momento conveniente. Podemos echar agua sobre el fuego para extinguirlo, pero así el fuego principal se haya apagado, si queda una chispa, puede crear de nuevo un incendio gigantesco. Con frecuencia, sucede en bosques, cuando un pedazo pequeño de madera arde en cualquier lado. La chispa que ha quedado, se manifiesta en el momento oportuno. Aunque el deseo puede ser débil, no está destruido, y se vuelve poderoso cuando se presenten las circunstancias adecuadas.

El deseo, cuando está en circunstancias totalmente favorables, se vuelve totalmente activo (udara), y entonces uno no puede hacer nada con él; tal como con el incendio forestal, la furia de las llamas no puede dominarse con un cubo de agua. La pequeña discriminación del estudiante se extinguirá, debido a lo poderoso del deseo. El mundo es fuego, dijo Buda. La experiencia es el fuego del deseo. Los ojos son ese fuego ardiendo; los oídos y los otros sentidos están ardiendo de deseos. La mente y las facultades han sido
atrapadas en ese fuego. De acuerdo con el Buda, el mundo es un hoyo ardiendo de cal viva. Las cuatro condiciones mencionadas solo son una amplia división de la forma como trabaja el deseo. Pero tiene muchas otras formas en las cuales puede estar disimulado, o actuar. La mente crea ciertos mecanismos dentro de ella misma para su defensa contra el ataque del yoga. Huye del sitio donde puede ser observada, y el estudiante puede perder su objetivo. Y puede seguir cualquiera de las cuatro técnicas mencionadas. Puede
desviar su actividad por canales completamente diferentes.

Ese es uno de los mecanismos de defensa de la mente. Si el estudiante, en un estado mental más elevado, observa que la mente inferior se apega a un objeto, naturalmente la va a vigilar. Pero ella emplea el astuto artificio de renunciar al objeto, pero hábilmente se aferra a algún otro, creando así la apariencia de que el apego ha desaparecido. El apego cambia de un centro a otro, y el estudiante se puede encontrar en un paraíso ilusorio, si no tiene el cuidado necesario. Puede creer que el afecto se ha roto, pero está tan fuerte como antes, solo que se ha fijado en otro centro. El río ha tomado un curso diferente, y está inundando otro pueblo. Cuando un tigre está siendo perseguido, uno no sabe sobre quien va a saltar.

También puede la mente recurrir a un método diferente de la común técnica anterior. Si uno es persistente en
detectar el deseo dondequiera que él vaya, la mente puede abstenerse de buscar un objeto exterior, pero estar internamente contemplando aquello que desea. Si todas las vías están cerradas, puede haber disfrute de un objeto internamente. Cuando todos los otros canales están cerrados, uno puede imaginar los objetos y lograr satisfacción psicológica. Si lo mejor no es posible, la mente encuentra satisfacción en lo mejor siguiente, y si nada puede lograr, la mente va a disfrutar su objeto en el pensamiento. Si la vigilancia llega a darse cuenta de esto, la mente va a tratar de manipular, proyectando sus rasgos negativos sobre ciertas
personas u objetos. Si un mono pequeño es perseguido por uno grande, el chico va a hacer un ruido que llame la atención sobre otro mono, y así los otros monos atacarán como un tercero en discordia, de tal forma que la escaramuza original se olvida por el desplazamiento de la atención. Hay personas que tratan de volverse virtuosas señalando los defectos de otros. Seres bajos se engrandecen difamando almas nobles.

Los trucos de la mente son asombrosos. La persona en condición de deseo, encontrará siempre algo malo en algo o alguien, para disgusto de la mente vigilante, desviando, por tanto, su atención. Aquí, puede uno estar más consciente de los defectos del exterior, que de lo que está sucediendo dentro de uno. Entre tanto, la mente inferior trabaja a sumanera. Sueños, fantasías, castillos en el aire, defectos en todas partes, son algunos de los mecanismos de defensa que eluden a la vigilante inteligencia. Cualquiera que sean los esfuerzos por dominar la mente, nunca serán suficientes ante la impetuosidad de los sentidos. El Bhagavadgita da una advertencia cuando dice que la fuerza de los sentidos puede arrollar, como un torbellino, y llevarse el entendimiento. El Manusmriti dice que los sentidos tienen tal poder, que pueden arrancar de su curso, incluso la mente de un sabio. El Devimahatmya dice que maya puede empujar a la fuerza, incluso las mentes de aquellos con mucha sabiduría.

En pratyahara, con frecuencia surgen las reacciones, y el estudiante puede asustarse por lo que está sucediendo. Patanjali, en el Sutra, detalla las dificultades. Aparte de los peligros mencionados arriba, hay otros tipos negativos de problemas que aparecen. La enfermedad (vyadhi) puede llegar, debido a comer indiscriminadamente, presión ejercida sobre los pranas, indebida exposición, sobre-esfuerzo, etc. La enfermedad es un gran obstáculo en yoga. Esta puede ser física o psicológica, engendrada por la desobediencia a la Naturaleza o por reacciones en la práctica. También puede suceder, que el estudiante se canse después de años de práctica, concluya que todo es inútil, y termine abatido (styana). Puede comenzar a pensar que está solo y que no hay nadie que lo ayude. Este pensamiento puede volverse tan intenso, que le impide pensar en el ideal que tiene delante.

En lo externo, puede haber debilidad, dolores recurrentes de cabeza y somnolencia. Puede que por varios días no concilie el sueño. Puede desarrollar dolores en el cuerpo y ausencia de apetito. El estómago puede perder la fuerza para digerir.
Estas son reacciones temporales del prana y la mente, cuando están bajo proceso de control. Son fases pasajeras, de las cuales no hay que alarmarse. Debido a la concentración de la mente en una línea particular (no concentración espiritual, sino atención concentrada en un esfuerzo particular), pueden sentirse ocasionales molestias. Estos son síntomas externos que pueden molestar por considerable tiempo al estudiante. En cierta forma Pratyahara es una pelea entre la naturaleza interior y la exterior. Esto explica la
razón que hay tras las reacciones. La guerra interior es tan complicada como la exterior, y existen tantas maniobras en lo interno, como en las guerras externas. Las batallas internas son más difíciles de ganar que las externas, porque en las externas se emplean muchas personas e instrumentos, mientras que en las internas, de nada de esto se dispone. La guerra interior es perpetua, sin descanso. Solo en el sueño, el desmayo o la muerte, parece declararse una tregua. Puede aparecer tal languidez, que ni siquiera puede sentarse en asana. El estudiante se siente cansado, incluso de la meditación. El embotamiento puede hacer las cosas lentas, y uno empieza a tomarlas despaciosamente, sin el entusiasmo y el vigor con los cuales había comenzado la práctica. Esto sucede después de algunos años de esfuerzo. Styana es una condición de lentitud del cuerpo y la mente. Igualmente la duda (samsaya) puede comenzar a hostigar la mente por no
haber un progreso palpable en la sadhana. Uno no sabe qué tan lejos está el punto de llegada. El estudiante, aunque se ha esforzado por caminar, no sabe la distancia recorrida. No hay un mapa que indique la distancia que falta. La inhabilidad para conocer en qué punto está uno, crea incertidumbre en la mente. Las dudas también pueden aparecer por el estudio de muchos libros de variada naturaleza, escritos por diferentes
autores, cada uno diciendo algo diferente del otro.

Difícilmente uno se convierte en buen juez de la multitud de ideas contenidas en literatura en conflicto. Ausencia de un apropiado entendimiento respecto de la posición verdadera donde uno se encuentra, es una causa de duda, por cuenta de la que uno cambia el lugar de residencia, cambia de Guru, cambia de mantra, cambia la forma de meditar, etc. Esos cambios son hechos con la esperanza de algún resultado mensurable.
Pero en la condición nueva, uno se siente donde estaba, y va a necesitar un nuevo cambio. No es fácil entender dónde radica el verdadero error. Tales carácter dudoso es un obstáculo en yoga. Las reacciones que la mente y los sentidos producen toman muchas formas; un ejemplo es la inestabilidad de la mente, que hace que uno no se fije en ninguna cosa ni en ningún lugar. Fijarse en una cosa también implica gran concentración de la atención, de ahí la dificultad de su práctica. La mente se aburre viendo la misma gente, el mismo lugar y las mismas cosas. Hay deseo de variedad, debido al disgusto por la monotonía. Ese es el
resultado de la duda, debido a la cual el estudiante se pierde en la jungla de la vida. Otro obstáculo es el estado de la mente agitada y confusa por falta de atención (pramada). Las dudas surgen por causa de no tener cuidado con el pensamiento. El estudiante, dormido, ha permitido entrar al enemigo, y despierta cuando éste ya ha tomado posesión de él. La calamidad llega por falta de vigilancia. Una vez convencidos de la validez de la práctica y la competencia del Guru, ¿qué necesidad hay de cambio? ¿Cómo sucedió?

Sucedió porque uno no tenía la convicción ni aún antes de empezar. Una fe que puede ser sacudida no puede llamarse convicción, sino solamente una aceptación temporal, sin el juicio apropiado. No es posible ningún éxito en la vida, sin el correcto cálculo de valores. Es insensato actuar precipitadamente, sin considerar una situación desde todos los ángulos, con sus pros y sus contras. No es bueno precipitarse en el yoga de manera emocional, porque el yoga no es un estado de ánimo de la mente. El yoga es una práctica
a toda prueba, a la cual se dedica todo el ser. El estudiante debe ser firme en sus puntos de vista, y solido en su personalidad. No debe reducirse a un tonto, que puede cambiar por la vacua lógica de la gente. El entendimiento del estudiante debe ser lo suficientemente fuerte para resistir y superar la argumentación de los sentidos. Una vez que escuche el alegato de los sentidos, va a creer en la realidad de las circunstancias externas, en vez del significado íntimo del yoga. Pramada o falta de cuidado, es en verdad la muerte, dice el sabio Sanatkumara a Dhritarashtra. La falta de atención es muerte; vigilancia es vida. Esto es más cierto en
los buscadores espirituales. Un cierto letargo (alasya), aparece como otro obstáculo en todo el sistema, tanto corporal como mental. Uno no estará practicando ninguna meditación, sino solo cayendo pesadamente en la ociosidad.

Esta es la mohana-astra, o arma engañosa, arrojada contra la mente buscadora en su lucha contra el deseo. La letargia paraliza la acción de la mente en tal extensión, que la mente ni siquiera puede pensar en ese estado. El poder de pensar se va, tamas aparece, y uno se vuelve letárgico por naturaleza.

El Yogavasistha dice: ‘Si no fuera por la gran catástrofe de la ociosidad, ¿quién no sería exitoso en ganar riqueza o conocimiento? El letargo detiene el progreso. Esta condición no debe confundirse por mera inactividad del cuerpo y la mente. Es, más bien, una preparación para una actividad contraria, que tendrá lugar después de un tiempo, y es comparable a un cielo nublado, embotado y silencioso, antes de estallar en truenos y relámpagos. Así como la falta de apetito es una indicación de que el cuerpo va a enfermar, el
letargo es un indicio de que algo adverso va a suceder.

Permanecer silencioso, sin decir nada, sin hacer nada, es peligroso para el estudiante de yoga. Uno no sabe cuando va a explotar la bomba. La letargia es un campo fértil para el daño que causan los sentidos y su pandilla. Primero paralizan a la persona y entonces le dan un golpe de excitación sensual (avirati). Es más fácil matar una persona cuando está inconsciente. El estudiante se duerme gracias a tamas, y entonces hay una violenta actividad de los sentidos. El ciclón ha comenzado a partir del clima seco. La mente es de diversas formas indulgente, y eso es lo que en yoga se llama una ‘caída’. Habiendo caído en esta condición y tomarla por un logro es, ciertamente, peor. Tomar este engaño, por éxito, es otro obstáculo; la ilusión (bhrantidarsana), por la cual uno cree que está progresando en el camino, mientras que en realidad está cayendo. Los sentidos lo aguijonean a uno para que baile a su son, y entonces es hipnotizado por ellos. Aun
si, por suerte, uno recobra la consciencia de esta condición indeseable a la cual ha llegado uno, no es fácil volver a ganar el terreno perdido. Perder terreno (alabdhabhumikatva), es un obstáculo más en yoga. No se puede reiniciar la práctica con facilidad, debido a los samskaras creados por los estragos de los sentidos durante el estado de gratificación. La falta de capacidad para encontrar el punto de concentración (anavasthitatva), aun si difícilmente se gana el terreno perdido, esto, de nuevo, es un serio osbstáculo.

Las nueve condiciones mencionadas, son algunos de los principales obstáculos en yoga, además de las complejidades psicológicas a que se han hecho referencia.Causan agitación en la mente y su desvío del camino. Aquí el estudiante debe ser cauteloso. Pero existen otros obstáculos menores, de los cuales, al menos cinco, pueden señalarse como los principales. Uno de ellos es la pena (duhkha), que se apodera
del buscador. Hay un sentido de pena interior, que lo molesta constantemente. Su silenciosa pena es, ‘¿Dónde estoy y qué estoy haciendo?’ Todo es oscuridad y no hay luz en el horizonte. Esto trae depresión y uno se vuelve melancólico.
No ve ningún bien en nada, y ningún significado ni valor en la vida. La vida pierde su propósito, y todo es una búsqueda inútil. A esta conclusión llega después de mucho esfuerzo en la práctica del yoga. Es el punto al cual el buscador llega en ocasiones; una condición bien descrita en el primer capítulo del Bhagavadgita. ‘Todo es inútil’, parece ser el grito de Arjuna. También es el grito de cada Arjuna que hay en el mundo, de cada hombre, de cada mujer, y de cada ser que gira en la rueda de la vida. Mientras se intenta ganar de
nuevo fuerza armándose de valor, se cae en el nerviosismo (angamejayatva). El cuerpo tiembla, y uno no se puede sentar a meditar. El estudiante está temeroso de lo que alguien diga acerca de él, y cosas por el estilo.

También hay una incapacidad de tolerar cualquier cosa que suceda en el mundo. Uno desarrolla la sensibilidad hasta tal punto, que aun el más pequeño evento, parece tan grande como una montaña. Hay temblor, y el flujo de prana no es regular. Las inhalaciones y exhalaciones desiguales (svasa-prasvasa),
perturban el sistema nervioso e indirectamente, la mente.

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